LA CONDENA DE UNA SOLTERÍA NO DESEADA

 

La familia se forma después de la unión de dos personas, sea por compromiso en unión libre, o por matrimonio civil o eclesiástico (religioso). Su conformación se ejecuta como tal, comenzando con el emparejamiento entre dos personas, dando como resultado una pareja quienes compartirán diferentes tipos de proyectos, anhelos, convivencia, entre otras cosas.

Los psicólogos evolucionistas, afirman que todas las parejas, aunque son diferentes comparten algo en común, denominado reproducción o “trasmisión de vida”.

Si nos ponemos en sintonía con la Antropología del ser humano, nos damos cuenta que desde la época de las cavernas hemos convivido en manadas de grandes o pequeños grupos para poder sobrevivir, alimentarnos, protegernos y sobre todo reproducirnos para solo así, perdurar como especie.

Pero ya remitiéndonos al presente, conocemos que las tendencias relacionales entre las parejas de diferentes tiempos cambian, por ejemplo si comparamos una pareja de los años 60 como dice la historiadora Isabella Cosse “era una época de limitaciones en la expresión sexual de las parejas jóvenes, hasta el matrimonio asumiendo que solo estando casados podrían hablar de sexualidad”, y lo comparamos con una pareja actual, en donde como dice el escritor Israel Guerra “el concepto de pareja tradicional ha perdido posiciones y parecen nuevas formas de relacionarse y nuevas formas de entender el amor, los jóvenes buscan el placer y las relaciones intensas, dando de lado el compromiso y las relaciones estables. Vamos teniendo una idea clara del cambio que las parejas han ido experimentando a través de las décadas.

Lo único claro, es que no podemos predecir con claridad, la forma o estilo que tendrán las parejas en un par de décadas hacia el futuro. Pero todavía hay algo especifico que observar en el presente:

¿Qué está sucediendo con aquellas personas que anhelan tener una pareja adecuada y durante años no logran ese ideal?

Hay un número importante de personas a nuestro alrededor, que suelen manifestarse con diferentes expresiones, y no es de extrañarse que ese grupo de “solterones” o “solteronas” que conoces, un día publique amor por la soltería y al siguiente deseo por concebir una relación amorosa ideal, e incluso con cierto grado de nostalgia escondida.

Por supuesto que he mencionado la palabra “ideal”, y lo definimos de manera sencilla como el modelo que todos anhelamos alcanzar, sea un ideal de familia, una casa ideal o en este caso, una pareja ideal.

Siendo así, la pregunta es:

¿De verdad una mujer u hombre soltero, está dispuesto/a vivir hasta su vejez sin una pareja definitiva que lo/a acompañe?

Con este cuestionamiento podemos decir que al fin nos vamos orientando al análisis de éste problema, y lo plateo de esta forma porque muchos solterones y solteronas, no se encuentran totalmente satisfechos, y no los culpamos puesto que la conformación de una familia, en realidad es una necesidad explicada desde la antropología que hemos heredado y la sentimos de manera casi involuntaria e instintiva.

Con todo ésto, no podemos decir que quienes conformen éste grupo de mujeres solteras “empoderadas” y hombres solteros “indomables”, no hayan intentado al menos una o dos veces mantener una relación amorosa. Todo lo contrario, con este análisis nos dirigimos a todos/as quienes lo han intentado y no lo han logrado, unos siguen intentando desmedidamente y otros se han bloqueado a intentarlo, para siempre. En ninguno de los dos últimos casos, realmente lo han decidido, más bien podríamos decir que ha sido su último recurso, para justificar su incapacidad de lograr conformar una relación estable, con su tipo de pareja ideal.

Por otro lado, va la siguiente pregunta:

¿Todo ideal es bueno?

Para responder esta pregunta, dejamos de lado la premisa de “bueno o malo”, para usar la correspondiente a “funcional o disfuncional”, es decir aquello que le permite seguir funcionando con normalidad junto con su disfrute o la mantiene interrumpiendo su cotidianidad y si lo hace, impidiendo su disfrute (gratificación).

Como nos dicen Emanuela Muriana y Verbitz, el amor es un autoengaño inevitable. Aunque nos parezca cínico y difícil de aceptar, es precisamente en nuestro ideal del amor donde anidan los gérmenes del sufrimiento. En sus "mitos" -eternidad, fidelidad, perfección- está ya apuntado el camino de la posible desilusión, de la desesperación y de la obsesión. Una definición algo grotesca para quienes nunca han explorado su ideal del hombre o mujer perfectos.

Pero se han preguntado: ¿Por qué no logramos darnos una oportunidad con ese hombre o mujer con quien sentimos nos conviene, nos atrae, conocemos mucho tiempo, nos imaginamos varias veces ser su pareja, conocemos sus cualidades positivas y negativas?

Una concepción idealizada del amor y de las relaciones amorosas procede al parecer de una postura filosófica antigua, la de san Anselmo de Aosta (1030-1109), el cual en su «prueba ontológica» sostenía que es suficiente pensar en Dios para tener la prueba de su existencia, porque de no ser así no podríamos ni siquiera pensar en él. En otras palabras, algunas personas vagan incesantemente en busca de su compañero ideal porque están seguros de que se encuentra en alguna parte del mundo, simplemente porque lo han pensado e imaginado perfectamente. Muriana, E, (2010). Psicopatología de la vida amorosa, España: Herder.

 

Entonces podemos afirmar lo siguiente:

Un mecanismo análogo obliga a muchos a vivir una soltería no deseada: son los que dicen que no consiguen encontrar nunca a la persona adecuada y, por consiguiente, descartan a todo aquel que no encaje con la propia idea de compañero ideal. Como el caso de Lorena quien vivió 67 años soltera, hasta que falleció en la espera de su hombre perfecto.

 

Aunque el tema es muy extenso y puede ser descrito desde diferentes puntos de vista, me queda dejarte las siguientes preguntas reflexivas:

 

Primero: ¿Cuál sería el tipo de pareja ideal para ti?

Segundo: ¿Llevas un ideal de pareja funcional o disfuncional?

Y la más importante:

¿Estás en una soltería deseada o no deseada?


Autor: Daniel Ramírez P.

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